La Bella y la Bestia: pinchando el statu quo

25 de marzo de 2017

Disney parece haber encontrado la piedra filosofal: hacer rentable la diversidad sexual a pesar de la embestida de grupos conservadores Ricardo A.   Algún día tendremos que acostumbrarnos a la idea de que el cine es más que un objeto de consumo y entretenimiento; es un producto cultural que amerita muchas y diversas lecturas. Y […]

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Disney parece haber encontrado la piedra filosofal: hacer rentable la diversidad sexual a pesar de la embestida de grupos conservadores

Ricardo A.

 

Algún día tendremos que acostumbrarnos a la idea de que el cine es más que un objeto de consumo y entretenimiento; es un producto cultural que amerita muchas y diversas lecturas. Y lo que subyace o se expresa abiertamente a veces en una historia del celuloide estadounidense tiene que importarnos siempre, sea que nos califiquemos de antiimperialistas irredentos o proyanquis de uña y rabo o de cualquier cosa que esté en el medio. Después de todo, la estadounidense aún es a nivel global la sociedad más influyente en lo político-económico y cultural. Ocasionalmente salen películas que utilizan su trama para ventilar los grandes temas que generan controversia allí dentro. La Bella y la Bestia es una de ellas.

Disney lleva algún tiempo provocando al establishment doméstico con ocasionales aguijonazos a la conciencia colectiva. En concreto, la de los sectores conservadores, que en Norteamérica se toman con cristianísima fijación eso de romperle la madre como sea a la comunidad LGBT y otras minorías, cada vez más visibles para exigir sus derechos. El conservadurismo de ciertos grupos ya está formando asociaciones para denunciar, Biblia en mano, lo que denominan la “agenda gay”, abominando de experimentos episódicos de la diversidad sexual en series como Buena suerte Charlie, Star contra las fuerzas del mal y Gravity Falls.

 

Copiando para ser “original”

Si la cosa es en plan de pura crítica cinematográfica, La Bella y la Bestia no se lleva la palma de la originalidad (el director Bill Condon prefirió mantener las características estilísticas de la primera versión en dibujos animados). Hay guiños recurrentes a otras películas del pasado que pasan “agachados” para el grueso de la audiencia, ávida consumidora de novedades sin buena memoria ni sólida cultura cinematográfica. Bajo esa óptica, La Bella y la Bestia es un sofisticado chuletario de fórmulas recicladas. En la escena de Bella ascendiendo la montaña y cantando loas a la libertad y a los nuevos horizontes titila un sospechoso déjà vu con Julie Andrews correteando exultante frente a los Alpes, en La novicia rebelde; Drácula de Coppola tiene su correlato en la secuencia del padre de Bella a bordo del carruaje, perseguido por los lobos en el siniestro paisaje invernal que rodea el castillo de la Bestia; el puente-arbotante que se derrumba en las torres del castillo durante la lucha a muerte entre el malvado Gaston y la Bestia parece sacado de las minas de Moria y sus horrores de inframundo en El Señor de los anillos. Llámenme paranoico, pero hasta encontré ecos más que evidentes del festín nocturno del rey en Vatel de Roland Joffé (pirotecnia incluida) en la primera cena de Bella en cautiverio.

En las secuencias de inicio del film, Bella se pasea por el pueblo, y todos se ponen a murmurar. El espectador atento puede detectar los clichés sublimados de las historias juveniles de high school americana, donde la chica “diferente” planta cara a todos y rompe esquemas en busca de su destino manifiesto. Otrosí: la sobreabundancia preciosista de efectos especiales opaca lamentablemente las actuaciones; la computadora es el demiurgo para que el sueño prefabricado à-la-Disney seduzca a las nuevas generaciones.

 

Disney: remontando la ola de la historia

Mas todo esto serían cuestiones accesorias ante el hecho medular, el casus belli de los grupos homofóbicos de todo el mundo: Lefou el primer personaje abiertamente gay en la historia del canon Disney, quien persigue más o menos veladamente al macho alfa del pueblo (Gaston, pretendiente de Bella), en el característico caso de amistad y admiración trocadas en amor no correspondido. Incluso en su carácter de personaje secundario, es consolador constatar que el libreto le dio a Lefou una psicología mucho más compleja y verosímil en la historia (significativamente, le fou en francés significa “el loco”). Frente a lo profundo de su modesto drama íntimo y personal, los protagonistas de la historia naufragan en la simpleza arquetípica y el olvido. En una película que repite tantos esquemas, parece que Lefou se ha bastado solito para ser un imán de masas, acicateadas por la curiosidad y una pizca de morbo por ver el “vuelco” de la historia (170 millones de dólares recaudados en el primer fin de semana en cartelera). Disney ha hecho muy bien sus cálculos de riesgo.

Lejos parecen estar aquellos años setenta cuando Ariel Dorfman, el ensayista y crítico argentino-chileno, analizaba con Armand Mattelart las tiras cómicas del Pato Donald y Mickey Mouse, y denunciaba en Disney el sello del racismo, el imperialismo, el colonialismo, la avaricia, entre otros.  Sin pretender cuestionar la vigencia que puedan tener esas críticas en sus producciones más recientes, se me hace indudable que los estudios Disney han sabido “remontar la ola” y convertirse en pioneros en el campo de las historias infantiles con el “duende” de la diversidad. Es como si la industria hubiera sido capaz de reinventarse a sí misma, refrescar su imagen desafiando ahora el statu quo; y resulta que ahora está en la mira (y la ira) de los cristianos más conservadores, que antes la defendían con uñas y dientes frente a las denuncias de la izquierda académica. La vida te da sorpresas…

 

Ser inclusivo es rentable

Después del tímido “piquito” de Lefou en el baile final de la historia con otro personaje masculino (que más tiene visos de caricatura), el espectador promedio puede terminar la función haciéndose la pregunta desconcertada: “¿Y eso era todo?”. Si la cuestión era mantener las líneas generales de la historia original, no se le podía pedir más a La Bella y la Bestia para superar el esquema heterodogmado del cuento de hadas clásico: príncipe-ama-a-la-princesa, y todos a celebrar. Ya es ganancia el gesto políticamente correcto de incluir en el cuento a personajes de raza negra ejecutando oficios “dignos” (bibliotecario y cantante lírica), en un país (Estados Unidos) que no ha terminado de sanar sus heridas por la discriminación racial.

Que Disney no haya cedido a las presiones de Malasia para cortar las escenas gay habla muy a favor del espíritu de inclusión cada vez más decidido del cine norteamericano. La película no se estrenó en ese país y otros del entorno musulmán, pero ya sabemos la consecuencia: lo prohibido cautiva aún más a través de la descarga por internet o los formatos pirateados. El fundamentalismo cristiano y musulmán tiene razones para asustarse ante el efecto “bola de nieve”: otras productoras del showbiz están tomando debida nota. Si los caracteres gay han encontrado la llave mágica de la rentabilidad final en la industria del entretenimiento familiar, es algo que ya parece demostrado. La visibilidad creciente y ganada a pulso de los grupos discriminados es ya un final feliz para una organización como la Fundación Reflejos de Venezuela, que se ha preocupado de esta visibilidad desde sus inicios.

La revista National Geographic se atrevió a mostrar a una niña trans en su portada de enero, y perdió suscriptores por eso. La siguió Time poco después, con su correspondiente cover story. ¿Se atreverá Disney a salir pronto de su zona de confort y entregarnos la primera historia del príncipe negro amando al blanco plebeyo?

Fundación Reflejos de Venezuela

25 de marzo de 2017

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