Mi derecho a no salir del clóset

13 de octubre de 2014

Sentiido Colombia

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Un lector de Sentiido defiende su derecho a no salir del clóset cada vez que cambia de empleo o conoce a alguien. ¿Quién dijo que ser homosexual implica “obligaciones” adicionales como esa? 

¿Cómo y cuándo hacerlo público? Fue una de las preguntas que más me formulé, durante un largo proceso, al final del cual me reconocí como homosexual. Sin embargo, hoy más que como gay, prefiero verme como un hombre con un corazón tan generoso, incapaz de discriminar a las personas de mi mismo sexo que buscan afecto.

Al principio pensaba que un buen momento para hacer la “gran revelación” sería el día de mi cumpleaños, cuando ninguna persona estaría en capacidad de hacerme reclamo alguno. Me imaginaba terminando de soplar las velas de la torta y gritando con euforia, en medio de aplausos: “¡soy homosexual!”

En alguna incipiente fase de este proceso, me dije que seguro quería experimentar un rato y que en poco tiempo volvería a la orilla de la “normalidad”. Para ser honestos, llevo 13 años experimentando.

Después reforcé la original idea de que era bisexual. En el fondo sabía que estaba lejos de desear con igual pasión a hombres y mujeres, pero que al definirme así, alimentaría la ilusión de que estaba pasando por un período muy tardío de la adolescencia y que en algún momento regresaría a la vida que, según la teoría, me correspondía. En la vida real, cada vez estoy más alejado de la teoría.

El tiempo pasó y terminé por hacer la “gran revelación” de la manera más tradicional y formal posible, a unos pocos familiares y amigos. Sucedió en medio de lágrimas, justificaciones, sentimientos de culpa y peticiones de ir al psicólogo.

Algunas de estas personas se encargaron de difundir la “noticia”, gracias a lo cual otras tantas se enteraron. Unas me hicieron guiños para demostrarme que ya sabían. Pasaron de preguntarme: “¿qué vas a hacer el fin de semana?” a “¿qué van a hacer el fin de semana?”, haciendo un inusual énfasis en la “n” de “van”.

Para mí, la etapa denominada “salida oficial del clóset” está superada y clausurada. Ya pasé por los intentos de justificación de: “yo amo almas y no cuerpos”, “soy gay pero no se me nota” y “no quiero etiquetarme”.

Recuerdo que esa fase fue tan difícil que siempre que mi novio me presentaba a alguien, yo le preguntaba: “¿y él sabe que tú y yo…?” Y él, que ya llevaba años tranquilamente afuera del clóset, me respondía con cara misericordiosa “sí”.

Desde entonces no acostumbro hacer la “gran revelación” cuando entro a estudiar, cambio de trabajo o llego a un nuevo vecindario. Eso no significa que subestime a quienes me rodean, llámense porteros, vecinos o compañeros de estudio o de oficina. No soy tan ingenuo para pensar que ellos creen que vivo en un apartamento de un solo cuarto con mi primo o mi mejor amigo.

A quién le importa

Sé que para muchas de estas personas mi orientación sexual es más que evidente porque soy en extremo reservado con mi vida privada y porque después de los 30 años si uno no está casado o, al menos tiene hijos, su sexualidad empieza a ser materia de todo tipo de sospechas. Lo cierto es que nunca les he dicho nada al respecto y tampoco tengo planeado hacerlo.

Hace unos años, no llevaba ni dos horas en un nuevo puesto de trabajo, cuando mi vecina de silla me preguntó:

– ¿Eres casado?
– No.
– ¿Pero tienes novia?
– No.

Opté por responder, con la verdad, lo que me preguntaran. Y en los dos años que estuve allí, nadie me dijo: “¿y tienes novio?” El lunes acostumbrábamos contarnos lo que habíamos hecho el fin de semana. Yo siempre  les relataba mis aventuras aunque jamás utilice el “vínculo oficial” para referirme a mi pareja. Nunca dije: “con Juan, mi novio, fuimos a comer”, sino “fui a comer” y a veces agregaba “con Juan”.

Cuando renuncié a ese trabajo, seguí en contacto con mis excompañeros. Nos reuníamos con alguna frecuencia para almorzar o tomar algo. Hace algunos meses una persona que sabe que soy homosexual, entró a trabajar a mi exoficina justo en el área en la que yo estaba.

Supongo que en algún momento hablaron de mí y que entonces fue público que nunca les comuniqué, oficialmente, que no soy heterosexual. Puedo imaginar el diálogo:

– ¿Cómo así, ustedes en serio no sabían?
– Siempre lo sospechamos, pero él nunca nos los dijo abiertamente.
– Él es regay o ¿de verdad ustedes creían que Juan era un amigo?

Yo sentía que mi vínculo con esos excompañeros iba más allá de una orientación sexual. Hablábamos de mil cosas, nos reíamos, discutíamos… Lo que suele suceder entre personas que comparten más de ocho horas diarias.

Sin embargo, desde entonces, ninguno responde mis correos ni saludos de cumpleaños y no han vuelto a tener tiempo para almorzar o reunirnos, aunque entre ellos lo siguen haciendo.

La última vez que alguna de estas personas respondió un saludo por WhatsApp se mostraba insistente para que le contara más de “mi vida”. Yo le hablaba de mis estudios, del nuevo trabajo, de mi familia, de mis vacaciones… Pero reclamaba “más de mi vida” y me preguntaba, una y otra vez: “¿Y Juan qué? ¿Bien? ¿Y cómo está? ¿Qué novedades hay?”

La necesidad de la revelación “oficial”

Yo respondía cada una de sus preguntas a manera de interrogatorio, sin agregar nunca la palabra “novio”, “pareja”, “marido”, “esposo”. Decía: “bien, trabajando, lo ascendieron…”, en vez de: “mi pareja, bien, trabajando, lo ascendieron”. Pero esas, justamente, eran las palabras que esta persona quería oír, acompañadas ojalá de un “¡sí, lo confieso, soy gay!”. Y por esto, quizás, jamás volvió a contestar mis mensajes.

Por estos días supe de un amigo que cuando salió del clóset con sus compañeros de trabajo, algunos se mostraron inconformes y molestos porque se sintieron engañados y una de ellas, incluso lloró, porque se consideró traicionada.

Alguien me dijo que sería más fácil si la gente se lo preguntara a uno directamente. No sé si esto sea mejor o peor, lo que sí sé es que no tengo entre mis planes, cada vez que ingrese a un nuevo trabajo, reunir a mis nuevos compañeros para decirles con cara de tragedia: “debo confesarles algo”.

Yo acostumbro establecer vínculos que van más allá de la orientación sexual. Me atrae la gente con humor negro, que sabe escuchar y con la que rápidamente me siento a gusto sin necesidad de pasar por mayores formalismos.

Evito a quienes dan cátedra, hablan más duro mientras otra persona dice algo o se toman más de dosselfies por día. No considero como traición o engaño que quienes me rodean no me cuenten cómo ha sido su vida sexual y afectiva o qué fantasía les faltan por cumplir. Tampoco espero que a las pocas horas de conocernos, la gente me convoque a una reunión para decirme: “debes saber que soy heterosexual”.

Alguna vez una amiga me dijo que manifestarles abiertamente que uno es homosexual a las personas con las que con frecuencia se comparte, es un gesto de confianza que la gente espera. En mi caso, aunque no suelo tener ese gesto, les demuestro de mil maneras cuánto pueden confiar en mí. No creo que haya una sola manera de hacerlo.

Me aburre la creencia de que quienes no somos heterosexuales tengamos obligaciones adicionales como “salir del clóset” cada vez que conocemos a alguien: “Mucho gusto, soy Fernando, me gustan los hombres”.

No estoy de acuerdo con la idea de que por no ser como la “mayoría” tengamos que decir abiertamente, “soy gay” miles de veces. No importa que lo parezca, se sospeche, se intuya o que medio país lo sepa, hay que decirlo “oficialmente”. Eso sí, “quién le manda a serlo”.

Lo de menos es ser buena persona, la clave está en la “confesión”, en la única manera de tener certeza de que una persona no traiciona ni engaña y es digna de confianza.

Enlaces relacionados:

De eso no se habla

Salir del clóset, justo y necesario

La “tendencia íntima” de Gina Parody y Cecilia Álvarez

Me resisto a la idea de que quienes no somos como “la mayoría”, tengamos obligaciones adicionales como salir “oficialmente” del clóset cada vez que conocemos a alguien. Foto: Tojosan.

Fuente: http://sentiido.com/mi-derecho-a-no-salir-del-closet/

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