Proyecto: Soy Mujer y Punto

Soy lesbiana y la falta de referentes LGTBI hizo que tuviera miedo de salir del armario

5, enero 2018

Me gustan las mujeres. Pero no ha sido fácil conseguir escribir esta frase tan tranquilamente. De hecho, es una de las tres cosas que más me ha costado hacer en la vida después de haber crecido en un contexto en el que la homosexualidad estaba mucho menos normalizada que ahora. Mis primeros pasos estuvieron marcados por referentes que no representaban a las personas LGTBI, como videoclips de los Backstreet Boys en los que chico buscaba a chica o princesas Disney que pasaban la vida esperando a su príncipe azul.

Por eso, ahora que han pasado unos cuantos años y lo tengo todo tan claro, me pregunto si el beso de Agoney y Raoul de Operación Triunfo hubiese llegado a mi televisor cuando era pequeña o si la carroza LGTBI de la cabalgata de Vallecas hubiese sido parte de esas navidades que vivía con inocencia, todo habría sido más fácil. No habría pasado años atormentada por verme diferente a lo que me rodeaba. No habría creído que estaba maldita.

Me gustan las mujeres

Al haber sido siempre una niña insegura, ese conflicto, entre lo qué sentía y lo qué me rodeaba, se materializó en una serie de situaciones que me hicieron esconder mi verdad durante años . Aunque, sin saberlo, con aquel gesto no haría más que arrancarme cada gota de autoestima hasta que yo dijera ‘basta’.

El gay de las series: el personaje secundario rarito

Las pocas series españolas que hablaban de la homosexualidad en la década de los 2000 lo hacían a través de un personaje gay que aparecía en segundo plano. Siempre a la sombra de los protagonistas, como si nunca pudiese tener más importancia que otro, y casi siempre siendo el único, como si en cada realidad tuviese que haber solo uno. Y eso me dolía porque yo ni quería ser única ni una persona de segunda. Solo quería ser normal. Vivir sin plantearme si escucharía cuchicheos a mis espaldas por ser el centro de atención sin haberlo pedido o si me perseguirían miradas juiciosas que no me dejarían vivir en paz. Y yo solo quería eso, vivir y dejar vivir a los demás.

Otro punto que dificultó las cosas fue que, a veces, este personaje ficticio tenía que ser estrafalario y escandaloso, como Fidel de Aída, al que le gustaba bailar con mallas por la tienda de su padre y hacer comentarios frikis que solo le hacían gracia a quienes le escribían el guión. Aunque me gustara su forma de ser, su papel fue uno de los que me llevó a creer que los homosexuales éramos “especiales” y alocados. Los que teníamos aficiones ‘diferentes’ y destacábamos por encima de lo convencional.

Pero si para mí no era así, ¿qué debía hacer? ¿Significaba que si mostraba lo que sentía me convertiría en una persona a la que apenas reconocería? Por aquel entonces no hice nada por encontrar la respuesta. Porque temía que conocerla hubiese significado dar el paso que creía que lo cambiaría todo, y nada me aterrorizaba más que eso.

Diferente a las mujeres que me rodeaban

Durante aquellos años se esperaba que los adolescentes encontráramos a nuestra primera pareja del sexo contrario. Y, al no ser capaz de vivir una mentira, eso me hizo sentir demasiado diferente. Mientras mi hermana mayor cumplió a la perfección ese rol presentando dos novios a mis padres antes de cumplir los 18, yo pasaba los años junto a amigas de las que nunca quería despegarme (sí, estaba enamorada de ellas sin querer aceptarlo). Por eso, mientras me aburría escuchándolas hablar de los chicos que les gustaban, no podía dejar de pensar en la ‘amiga’ del momento sin decir nada a nadie.

Esas situaciones provocaron que en mi cabeza retumbara siempre la pregunta: ¿por qué los demás se pueden expresar y yo tengo que vivir en silencio? A pesar de que era algo que me indignaba, no fui capaz de romper ese silencio, solo ser un testigo pasivo que observaba y escuchaba como los demás eran felices. Después, al llegar a casa, me tiraba en mi cama esperando que un día la felicidad llamara a mi puerta.

Amor heterosexual en las películas

Me marcaron películas como Moulin Rouge y El diario de Noah. Pero tenían un fallo. Como casi todas las de amor de aquellos días, solo ensalzaban la conexión entre un hombre y una mujer como si no hubiera otra posible. Al ser algo que yo era incapaz de sentir, inevitablemente pensé que mi yo futuro solo tendría dos opciones: aceptar que siempre estaría incompleta o acabar casándome con un hombre al que jamás querría y tener unos hijos a los que haría infelices.

Es cierto que en ese tiempo también saltó a la gran pantalla Brokeback Mountain, que retrataba el romance entre dos hombres, pero tampoco me aportó ningún beneficio, porque al ser las películas de temática LGTBI una minoría frente a las hetero, me recordó que la homosexualidad continuaba siendo algo extraordinario. Una cosa con la que no podía identificarme porque yo no era ni quería ser extraordinaria, solo tenía una forma de amar considerada ‘no convencional’. Aunque, claro, por aquel entonces estaba a años luz de entender que solo se trataba de eso.

El marginado de clase

Tuve un compañero homosexual en clase que pasó la secundaria entre burlas y agravios como: “¡marica de mierda!” o “le han petado el culo”. Yo podría haber admitido que era tan gay como él para mostrar que no era el único ‘rarito’, que no estaba solo. Pero ese bullying constante me impidió sacar de dentro lo que llevaba tiempo queriendo salir. Porque sabía que si daba ese paso o le defendía, yo también sería excluida. Así que lo único que hice durante cada día del curso fue imaginarme a mí misma diciendo lo que nunca me atrevería a decir y pidiéndole perdón a mi compañero por dentro.

Perdón por ser una cobarde, por ser tan estúpida de temer que me señalaran por los pasillos o por tener que comerme el bocadillo en una esquina del patio. Porque, ¿qué importaba librarme de eso si no podía ser yo misma? Si te has sentido identificado con estas líneas sabes que no fueron años fáciles. Y, si en estos momentos estás pasando por circunstancias similares, solo te pido una cosa: no seas como yo. No esperes a los 22 años para desnudarte ante el mundo. Ni dejes que el miedo te joda una de las épocas más bonitas que vivirás. Además, no llegues al punto de tener que estar extremadamente instatisfech@ con tu vida para entender que, si no rompes tu coraza, no serás feliz.

Nadie nos preparó para ser gais;  pero ahora tenemos referencias LGTBI insólitas que nos ayudan a entender con más facilidad que nadie es mejor ni peor por sentir de una forma u otra. Sé que nos lo debían. Pero no olvides que tú siempre te has debido a ti mism@ quererte tal y como eres.

Fuente Original: Código Nuevo

Autor: Alba Losada

05/01/2018


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